viernes, 9 de julio de 2021

sala de espera

Aguardaba su momento mirando fijamente los papeles en las manos. Había leído miles de veces aquellos textos que lo obligaban a cambiar su vida, invitándolo a un destino incierto. Quiso concentrarse en las cosas que tenía que decir, dispuesto a dar lo mejor de si y salir victorioso de aquel trance. Años repetidos en el mismo suelo habían envejecido sus manos y su cara. Como siempre, el ser humano piensa que ya no hay solución cuando un problema se cruza en su camino. El olor a producto de limpieza lo recupero de aquel lodazal. La chica limpiaba la sala, lentamente y en silencio, pareciendo no querer molestar a quienes esperaban su turno. Cerró los ojos y se sumergió en aquel olor a limpio, y pudo escuchar su respiración, pausada pero con ritmo. Con los ojos abiertos la volvió a ver pasar, paseando la fregona sin descanso de un sitio a otro. Sus pensamientos retornaron a la facilidad del mundo, la quietud y la falta de importancia de las cosas. Como niños. Vivir era lo importante, plácidamente, sin rodearse de problemas que siempre podrían ser sustituidos por otros rápidamente. La chica había avanzado en su labor y se alejaba por el pasillo. La puerta se abrió y media cara apareció por un estrecho hueco. Sus labios dijeron su nombre, sin ninguna entonación especial, sin mirar ni buscar a nadie. Al levantarse, giró su cabeza para ver a la chica de la fregona. Entraría y sería como ella, una tabla mecida en las olas, lejos de preocupaciones impuestas.

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