lunes, 6 de septiembre de 2021

ganaron

 Ganaron porque encontraron la palabra perfecta dentro de un mar de posibilidades. Ganaron porque crearon un clima que acomodaba a los receptores entre palabras cándidas y mullidas comparaciones. Ganaron porque hablaron de tú a tú a todos los intelectuales diciendo yo soy de los vuestros. Ganaron porque no crearon incomodidad, porque todo transcurría en una zona amigable alejada de preocupaciones. Ganaron porque dividieron la tierra en dos, creando una zona de eternos perdedores con los que nadie se identificaba. Ganaron porque crearon al héroe que todos llevaban dentro, alto fuerte, inteligente como una suma de perfecciones. Ganaron porque volcaron existencia asmática en esos placeres a los que ellos estaban destinado. Ganaron porque no se salieron del círculo. Ganaron porque cada uno creyó ser el más inteligente de los amigos de su compañía. Ganaron porque las miradas de izquierda a derecha en su grupo significaban la superioridad sobre sus congéneres. Ganaron porque la niña que subía la calle, muñeca en mano era fiel reflejo de la autenticidad de su infancia. Ganaron porque dibujaron un mundo de altas paredes ficticias y suelo invisible. Ganaron porque su público buscaba los momentos de sus historias, previsibles pero deseados. Ganaron porque llenaron páginas en blanco con otro blanco permanente. Ganaron porque buscaron la meta más allá de las palabras. Ganaron porque copiaron todo ser vivo que pasera por encima de sus gafas. Ganaron porque ocuparon su existencia con sacos y sacos de silencio apto para el consumo humano. Ganaron porque querían ganar, y solo eso. Ganaron porque no merecían perder y llegar a casa trastocados. Ganaron porque era el único sentimiento que podían manifestar en público. Ganaron porque su anodina existencia pedía ganar a gritos. Ganaron porque no tenían nada que hacer y tampoco lo hicieron. Ganaron porque no había razones para no hacerlo. Ganaron porque su madre siempre se lo dijo. Ganaron porque una noche un pájaro cantó en exclusiva para ellos, con la luna de fondo y un extraño azul en el cielo que los señalaba. Ganaron porque se preocuparon por ello, porque era su meta. Ganaron porque era su único camino, sin bordes y sin piedra. Ganaron de día y ganaron de noche. Ganaron porque nadie podría olvidarlos. Ganaron porque su clan no permitían ganadores de fuera. Ganaron sin tener alternativa. Ganaron el silencio de los asistentes, que mejoraba en mucho las palabras del presentador. Ganaron para perder el resto de la victorias.

Volvió

 Volvió. Indiferente daba vueltas alrededor del coche. Sus pensamientos, perpendiculares a sus conversaciones. Palabras, tópicos y gestos mil veces repetidos antes de escapar de aquella situación. El vigilante comenzaba su inesperada jornada. El objetivo era único, la noche se presentaba aburrida. Un padre y un hijo pasaron por su lado, de vuelta a casa, y saludaron con efusividad. El vigilante contestó sus buenas noches y siguió con su mirada fija, en los cincuenta metros que lo separaban del único peligro visible. Rato después todo se acabó repentinamente. Bares cerrados acunaban a los clientes para traspasarlos a otros brazos. La situación variaba y ya no habría un encuentro posterior. Un grupo de muchachos sentados en unos escalones se tatuaban la mugre del suelo en su cuerpo, con movimientos de lado en busca de una lata o una botella. Los paseantes, en el largo retorno a casa pateaban bolsas vacías de todos los aperitivos que otros habían engullido como forma de superar su impotencia. Allí, perdido, de pie frente al coche giró su cuello noventa grados y descubrió al vigilante mirándolo sin pausa. Sin pestañear, sus ojos buscaban justicia y amenazaban esas cosas que nunca ocurren. La conversación se acabó rápida y las despedidas, accidentadas, notaron la ausencia de sílabas. Montados en el coche in iniciaron la marcha. El vigilante siguió con su mirada el camino y se llevó la mano al cuello cuando pasaron por su lado, ruta inevitable. Los cristales translúcidos no permeaban las sensaciones, ni el calor, ni el frio detrás del volante. Aquella noche de verano, con su brisa habitual era un punto y seguido que se sumaba a la historia reciente. Aquello no había terminado. En una votación se acordó olvidar y seguir, pero una parte no estaba dispuesta a seguir las reglas de quien juegan como quieren. Aquello acabaría, seguro que sí, pero acabaría como él quisiese y cuando el quisiese. Horas después, el conductor y el vigilante disfrutaban del paisaje azulado de los techos de habitación en sus respectivos domicilios. Cada uno con un pensamiento sobre aquel encuentro que forzaba el recuerdo. ¿Debía tener miedo? Que más da. Aquello no le libaría de nada.

sábado, 4 de septiembre de 2021

de nuevo

Olvidada, ocupada con mil quehaceres. Entretenida en peleas e historias de la eterna lucha. Dormido síntoma de debilidad que ahora retorna, caprichoso, sin filtros, doloroso sin pausa. Imágenes del pasado con sabores de siempre acechan tras una sombra que siempre comienza por los pies. Dulce caída que no llegó me hace partícipe del nuevo episodio. Las mismas caras aparecen de detrás de las mismas máscaras. Las mismas intenciones, ojos fríos, hielo en las manos. El viento no se llevó todas las hojas y unas pocas continuaron girando en ciclos delante del escenario universal. Adiós, a la luna que siempre prometía más luz de la que cedía. Adiós a todos los instantes que no son. Bienvenido antiguo humor paseante por mis entrañas. El sabor ácido aleja mi faz de una realidad extrañamente real. Es mentira, todo no sigue su camino. No hay cambios sino repeticiones odiosas. Palabras lanzadas en la distancia, como arma. Siempre será poco, siempre será tarde. Nunca será adecuado.