Los pasos apresurados resonaban en la calle en aquella noche negra. El suelo de piedra del casco histórico recogía sus pisadas y amplificaba su sonido de una forma especial. Entre las piedras del suelo, los charcos reflejaban su cuerpo al pasar dándole formas caprichosas. Barrotes de ventanas olvidadas esperaban su paso con paciencia para devolver el sonido del aire al atravesar sus formas torneadas. Ella andaba sujetando una chaqueta sobre sus hombros con con ambos brazos cruzados y bien apretados contra el cuerpo. La oscuridad de la calle aumentaba la sensación de soledad. Una soledad que se alimentaba de la ausencia de luz. Las casas sin ventanas iluminadas, la calle, sin personas, sin coches en marcha, sin perros ladrando. Ningún ruido, excepto sus pasos. Sentía recorrer una especie de decorado, un lugar ficticio. Movía los pies con premura y con pasos cortos. Miraba sus pies al creerse descalza porque un frío aterrador subía por sus piernas, recreándose en cada palmo, asegurando su terreno y filtrando cada hueso hasta llegar a la mitad de su pecho. Aquella quietud sospechosa, ese momento en el que toda la ciudad duerme y nada se mueve. Una calle sin vida y sin fin. La curva que daba forma a la calle le impedía ver su destino, pero conocía cada palmo del terreno. Había adiestrado aquellos pasos durante años. Su memoria guardaba detalles de la calle, sus baches, sus ventanas, la puerta con el tranquillo más alto donde se había sentado de pequeña, las partes bajas donde se formaban los charcos cuando llovía, aquel saliente a la altura exacta, responsable del descalabro de niños y niñas del barrio. Había vivido durante casi treinta años en aquella casa que ahora veía a su alcance. Los cambios habían sido mínimos desde aquellos años. El zócalo pintado del mismo color, las rejas de la ventana en negro brillante, la puerta de madera con su cortina que la protegía de las miradas del sol de primavera y verano. Solo un buzón de correos había obtenido permiso para unirse al paisaje. Aquellos pensamientos la hicieron olvidar sus pasos apresurados, la calle inhabitada y la oscuridad que la separaba de la vida.
Apartó la cortina y tocó de la forma habitual. Cada miembro de la familia tocaba la puerta de una forma distinta y los demás lo conocían tan solo escuchar la cadencia y la fuerza de la mano en la puerta. En el momento que detuvo su carrera y tocó la puerta notó un punto de calor que comenzaba por su mano. Le reconfortó y cerró la mano para conservarlo. Miró su mano y volvió a tocar, urgida por la desconocida impaciencia que la guiaba. La puerta se desplazó un palmo y de la oscuridad interior surgió la cara de su madre. Un impulso electrificó su cuerpo al verla, como si no la esperase. La madre abrió un poco más la puerta y la oscuridad desveló la cara de su padre un poco más atrás. Las miradas entre ellos mezclaban lo inesperado con la sorpresa. La oscuridad de la noche los unía. La puerta se abrió del todo. Sus padres se apartaron a un lado y ella pasó al zaguán donde se abrazaron sin palabras. Siempre se besaban al salir y entrar en casa. Aquello era una norma no escrita de la familia. Después del saludo, se alejaron un poco, formando un triángulo de miradas silencioso.
La casa compartía la ausencia de luz con ese mundo exterior del que ella acababa de llegar. Ella se adelantó y se asomó al comedor donde la mesa redonda de toda la vida recibía brillos procedentes del baile de una vela, acomodada en un antiguo portavelas de cerámica.
Los miró y dio un paso adelante. Se sintió extraña y recordó los días de pequeña cuando un apagón hacía que tuviesen que buscar velas por la casa y las encendieran mientras se solucionaba el problema del corte de suministro. No quiso preguntar nada. Se sentó en una silla y sus padres se sentaron a su lado. Al sentarse la silla emitió el crujido habitual al que ella estaba acostumbrada. La sujetó con ambas manos e hizo el movimiento de acercarse a la mesa. El insoportable silencio consumía la vela con velocidad.
La habitación se iluminaba a base de los parpadeos de la vela de la mesa. Recorrió con su vista aquella estancia, imagen de toda una vida. La televisión olvidada en una esquina, el aparador con escasos libros y una colección de fotos de la familia en distintos marcos, que se extendía por la pared. La luz no cedía oportunidad a para adivinar los detalles o cambios que ella no recordara. Alrededor de la mesa, tres sillas que habían resistido el paso del tiempo y todos los juegos de niños con su hermano.
Ella escuchaba las palabras de su madre, pero su pensamiento estaba en los detalles de aquella habitación. Examinaba las fotos con detenimiento. La colección reflejaba momentos de toda una vida en familia. En el mueble los momentos menores, vacaciones en la playa con niños en bañador, pala y cubo en mano y piernas llenas de húmeda arena oscura. Más arriba su hermano en los tiempos de instrucción militar, delgado y serio. Una foto de su hijo mayor cuando tenía dos años era la más actual de la colección. El resto, imágenes de diversos eventos familiares, bodas, bautizos y comuniones. Distintas épocas para las mismas caras. Presidiendo la pared sus padres el día de su boda. Increíblemente jóvenes, el de pie, ella sentada al lado con facciones firmes pero humildes. A la derecha, ella misma el día de su boda, acompañada de sus padres y su hermano. La pareja en el altar de la iglesia del pueblo marcando con color blanco y negro su unión sobre el fondo dorado. Un poco más allá un hueco, reservado para el día que su hermano se casase.
¿Y Javier? ¿Cuánto hace que no viene? Llevo tanto sin verlo…
Está muy ocupado y como trabaja fuera todo es más complicado. - respondió su padre.
Hace tiempo que no vemos a tu hermano. - añadió su madre..
El trabajo… - repitió su padre.
El trabajo. - concluyó su madre.
Llevaba meses sin ver a su hermano. Desde que comenzó la carrera militar sus ausencias eran más frecuentes y más alargadas. Trajo a su mente las diferencias en sus formas de vida, imposibles para haberse criado juntos. Su hermano, siempre independiente, buscando su destino sin agarrarse a nada cercano. Desechando ideas conducentes a fáciles inmovilismos. Ella pies, manos y cuerpo en la tierra. Limitada en todos los aspectos, cautiva en la cómoda sencillez. Pensando en aquellos años sus ojos se iban cerrando. Sus intentos por mantenerse despierta no tuvieron éxito. Volvió atrás, a tiempos de ferias en familia, de interminables días de verano que todavía le dejaban ver el cielo azul cuando ya debía ser de noche. De ropas blancas y frescas, carreras en el paseo y juegos con otros niños sin más preocupaciones. Ruido de atracciones, de gente paseando, todo un pueblo en la calle. Días de campo en invierno, con encinas enteras a su merced, la quietud de los barbechos lejanos, los saltos y juegos sin fin. Días de familia que pasaron y no volvieron, dejando su sabor y el alimento de su vida. Con los ojos cerrados, una sonrisa apareció en su cara al saborear los momentos de nuevo, degustando cada detalle.
Un movimiento de la cara de su padre sirvió para asentar la pregunta. No había respuesta. Ella seguía en cálidas ensoñaciones en su particular inventario de momentos.
Tras revivir su infancia en familia, su adolescencia pasó a primer plano. Los días de instituto, las primeras salidas de noche y tardes de cine. La imagen de Antonio ocupó el primer plano. En aquella época conoció al que acabaría siendo su esposo, completando la fotografía de la pared. Él no destacaba en nada particular. Un ser tranquilo y metódico que con buenas palabras se ganó el cariño de su familia. Pasaron muchos años de novios en los que él iba a verla cada fin de semana porque era de un pueblo cercano. Su boda fue un paso más en aquella relación. Irse a vivir al pueblo de Antonio un escalón que la separaba un poco más de su casa, padres y hermano. Su primer hijo, un nuevo capítulo en la familia. Completó su cuadro familiar con su hija, nacida tres años después de su hijo…
Una frialdad atravesó su cuerpo de la cabeza a los pies. En su cabeza intentaba ordenar los sucesos pero algo no encajaba. La asimilada realidad dio un vuelco a su razón. Sus padres nunca conocieron a su hija porque murieron en un accidente de tráfico meses antes de su nacimiento. Aquel escalofrío le hizo abrir los ojos con rapidez, buscando a su alrededor hasta que recompuso la situación. Estaba en casa de sus padres, pero ellos ya no estaban sentados a su lado. La vela menguaba por la mitad de su tamaño original y la llama seguía actuando con movimientos de serpiente encantada ante sus ojos. De alguna forma comprendió la situación y supo convencerse de que no podía cambiar nada porque algo en su interior le decía que todo debía ser así. Echó su cabeza sobre la mesa usando sus brazos como almohada y cerró los ojos con fuerza. Buscaba esconderse de algo que no dejaba de atormentarla. Para su satisfacción, el sueño volvió a sus ojos, castigados en la oscuridad de sus brazos.
Su hija nació en el luto, sin abuelos maternos a quien llorar. Antonio pasó a ser el único confidente, la única autoridad de sus pensamientos o dudas. Esos primeros años fueron largos. Frente a la ilusión de sus hijos pequeños, la sombra de la pérdida de sus padres. Antonio se distanciaba y regía su existencia a su gusto. En aquel momento llegaron las primeras discusiones y los primeros gritos como medio de comunicación habitual.
Todo acaba con la excusa de que él la quería y por eso actuaba así y ella no lo comprendía. No pasaron meses antes de los primeros empujones, los primeros vasos y platos rotos. Ella no llegaba a comprender que su amor tuviera que ser así, pero lo aceptaba. Quizá ella tenía la culpa y se limitaba en su forma de pensar, no comprendía la razón de ser de las cosas. Los insultos pasaron a ser los aperitivos de sus encuentros. Al principio ella respondía, sin fuerza, con el mismo método pero un día decidió que no llegaría a ningún lugar seguro con aquellas formas. Adoptó el silencio sin saber si era un ataque o una defensa. Ésto enfureció a Antonio aún más que las respuestas. Su plan tomaba forma desde hacía meses. Se iría de casa y buscaría un trabajo de cualquier cosa que le permitiera continuar su vida con sus hijos, alejándose de la insoportable relación que mantenía.
Una noche usó sus planes como amenaza, de forma inconsciente, pretendiendo provocar un cambio menos drástico en la situación. La respuesta la obligó a mantenerse escondida para evitar un enfrentamiento mayor. La mirada de sus hijos propagaba el miedo por la habitación. Reconoció que la única solución posible era la ruptura y posterior huida. Todo sería difícil, habría que cambiar de pueblo, de casa, dejar mucho atrás para empezar a vivir de nuevo.
Al día siguiente fue a llevar a su hijo de seis años al colegio mientras dejaba a la pequeña con su padre. Todo estaba calmado después de una noche separados e incluso pensó en que debía volver a evaluar su situación. Cuando volvía a casa del colegio, algunas mujeres limpiaban las puertas de las casas y empleados de una fábrica cercana hacían la pausa del desayuno en los bares a ambos lados de la calle. Ella siempre volvía sola. Intentaba no entablar conversación con nadie para no entretenerse y tardar en llegar a casa y comenzar a responder interminables preguntas. El resto de madres y padres que llevaban los hijos al colegio formaron varios grupos. Algunos ocupaban la calle manteniendo conversaciones diversas. Otros iban buscando el café y el rato de charla en la mesa de un bar. Ella siguió su camino sin pausa.
Al entrar en casa, reinaba el silencio, por lo que dedujo que su hija no se había despertado durante su breve ausencia. Al llegar a la cocina no vió a Antonio. Éste apareció detrás suya y la empujó a modo de saludo. Ella se golpeó en la cara con un mueble, intentó agarrarse a una mesa para no caer pero otro golpe la derribó al suelo. Boca abajo sintió un peso enorme en su espalda y el dolor frío de algo que atravesaba su piel, provocando una sensación extraña. Nunca pensó que todo acabaría allí, que su situación provocase este desenlace. Entonces supo que sería su fin mientras los golpes continuaban con ese ritmo. No tuvo fuerzas para gritar ni para defenderse. Con la cabeza apretada contra el suelo, comenzó a llorar, pero no por ella ni su dolor. Lloró por sus hijos a los que nunca vería. Lloró por los momentos que no viviría con ellos, por las fotos que no tomaría, por los caminos que no andarían juntos, por los consejos que no podría dar. Por la ayuda que ellos necesitarían de ella y no podría corresponder. Lloró porque algún día alguien lloraría por ella. Lloró por todo lo que perdía, lloró por lo que perdían sus hijos. Lloró por no haber hablado con nadie de sus problemas. Lloró porque ya era tarde para pedir ayuda. Lloró porque había mil y una formas de terminar las cosas y ésta era la peor para muchos. Lloró porque se acordó de las estadísticas de mujeres convertidas en números mientras pensaba que esas historias eran algo lejano. Sintió que sus ojos se cerraban. Pensó que una vez cerrados, ya nunca volvería a abrirse y todo se habría terminado, como se consume una vela en lo alto de una mesa.
Por la mañana, Javier abrió la puerta de la casa de sus padres. El cansancio y el dolor eran sus únicos dueños. Los ojos enrojecidos de la tortura de días pasados. Soltó su maleta en el suelo y el abrigo en el perchero, encima de uno viejo de su hermana o de su madre. Cuando intentó encender la luz nada funcionaba y tuvo que volver a la entrada a reconectar el suministro. Se asomó a la habitación, con su eterna mesa y sus sillas. Una vela agotada en el portavelas de cerámica esperaba sobre la mesa. El sol regateaba persianas y cortinas para entrar en el interior de la casa. Las cortinas se movían porque la ventana no estaba completamente cerrada. Parecía haber vida en aquella estancia pero sólo quedaban ecos del pasado, imágenes en su mente que ya no pertenecían a la existencia. Volver a casa de sus padres después de meses y ver que ya no quedaba nada de su vida, ni palabras, ni familia. Un dolor insoportable que apretaba su cabeza con violencia. Un dolor sin alivio en ninguna postura, en ningún pensamiento y que ningún juicio podría aliviar. Lentamente, agotado, se acercó a la mesa, retiró una silla y se sentó. El habitual crujido fue el único sonido que quiso acompañarlo. Su hueco en la pared de los retratos sería para siempre.
Un eco de tiempos lejanos viene serpenteando sobre la arena…
… y nadie nos llama a la tierra y nadie sabe ni dónde ni por qué...