Volvió. Indiferente daba vueltas alrededor del coche. Sus pensamientos, perpendiculares a sus conversaciones. Palabras, tópicos y gestos mil veces repetidos antes de escapar de aquella situación. El vigilante comenzaba su inesperada jornada. El objetivo era único, la noche se presentaba aburrida. Un padre y un hijo pasaron por su lado, de vuelta a casa, y saludaron con efusividad. El vigilante contestó sus buenas noches y siguió con su mirada fija, en los cincuenta metros que lo separaban del único peligro visible. Rato después todo se acabó repentinamente. Bares cerrados acunaban a los clientes para traspasarlos a otros brazos. La situación variaba y ya no habría un encuentro posterior. Un grupo de muchachos sentados en unos escalones se tatuaban la mugre del suelo en su cuerpo, con movimientos de lado en busca de una lata o una botella. Los paseantes, en el largo retorno a casa pateaban bolsas vacías de todos los aperitivos que otros habían engullido como forma de superar su impotencia. Allí, perdido, de pie frente al coche giró su cuello noventa grados y descubrió al vigilante mirándolo sin pausa. Sin pestañear, sus ojos buscaban justicia y amenazaban esas cosas que nunca ocurren. La conversación se acabó rápida y las despedidas, accidentadas, notaron la ausencia de sílabas. Montados en el coche in iniciaron la marcha. El vigilante siguió con su mirada el camino y se llevó la mano al cuello cuando pasaron por su lado, ruta inevitable. Los cristales translúcidos no permeaban las sensaciones, ni el calor, ni el frio detrás del volante. Aquella noche de verano, con su brisa habitual era un punto y seguido que se sumaba a la historia reciente. Aquello no había terminado. En una votación se acordó olvidar y seguir, pero una parte no estaba dispuesta a seguir las reglas de quien juegan como quieren. Aquello acabaría, seguro que sí, pero acabaría como él quisiese y cuando el quisiese. Horas después, el conductor y el vigilante disfrutaban del paisaje azulado de los techos de habitación en sus respectivos domicilios. Cada uno con un pensamiento sobre aquel encuentro que forzaba el recuerdo. ¿Debía tener miedo? Que más da. Aquello no le libaría de nada.
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