martes, 31 de diciembre de 2019
el río interminable
Sentado en un banco combatía contra el frío de la noche. Daba la espalda al aire, que se empeñaba en tornar las caras de los peatones. La mirada fija en el fondo del decorado de la calle. Sonrisa de media luna creciente, pero con labios apretados. Su cuerpo aventajaba en cincuenta años a sus ojos infantiles, curiosos e inocentes. Inquieto, observaba a las gentes de los pueblos retornar buscando sus coches. Parejas de mediana edad, a pasos paralelos, acompasados y silenciosos. Abuelas que fueron madres, con madres que fueron hijas, con nieta sin antecedentes familiares conocidos. Se desplazan en orden madre nieta abuela. Bolsas por doquier como requieren tiempos y mentes. La madre se adelanta consultando su teléfono. La abuela con la nieta a mano, protegiéndola de aquella mediana ciudad en la que nunca pasaba nada, pero que era el origen de todos los males del mundo. Él las mira mientras se alejan con pasos asonantes. Harto del frío, se levanta del banco, toma su mochila adoptando la eterna postura y prosigue su viaje por el río interminable.
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