Entraron con prisa, sin mirar a los lados, sin mirarse ellos mismos. El objetivo era claro: tardar poco. El coche en la puerta aparcado en lo alto de la acera. Navegaron por todos los pasillos del supermercado tomando lo que necesitaban de las estanterías. Lo justo, unos helados, una bandeja de pinchitos y una cuña de queso. La mente trabajando, el presupuesto justo, los números que no salen, y el coche aparcado en la puerta, subido a la acera.Los compromisos son cosa complicada de tratar. En la sociedad que existimos un ¡no! suena a desaire, y peor que esto, a invitación a que toda la conversación del evento gire en tu entorno y en todas las cosas que te han ocurrido. Entre cerveza, tinto de verano y combinados caseros fluye una corriente de inspiración filosófica que actúa de juez y verdugo. Aquí las verdades son más verdades, las mentiras son más mentiras y lo que no sabemos o no conocemos invita a que el corrillo de invitados recree su historia y ponga cara, hora y hechos. Un asentimiento general aprobará la nueva historia que será almacenada, macerada y divulgada a toda serie de no participantes.Con el fin de evitar las lenguas y tras varios de días de guerra interna decidieron acudir a la barbacoa de la hermana de Paco. La no apetencia no era excusa, como cualquier otro compromiso que había que cumplir esto se presentaba aterrador en el calendario. Ana temía la llegada del día a la vez que preparaba sus mejores armas para el evento. La causa de este año, porque sin causa no hay excusa, la presentación a la familia de la novia del sobrino de Paco. El programa, un recorrido desde la vida del niño hasta que ahora se ha hecho hombre, exaltando sus logros personales, laborales y sentimentales. Compañero de trabajo del hijo de Ana y Paco, había promocionado en la empresa con rapidez. Ambos primos comenzaron como mozos de almacén, pero el primo ya había elevado su posición, por méritos, a encargado de departamento. Con todo esto había empezado a salir con una de las administrativas de la empresa. Mientras tanto su hijo, en su puesto original. El menú estaba servido, la conversación, las conclusiones, las preguntas, los “ayuda a tu primo”. Cada plato en su momento, para saborearlos todos en su esplendor.Llegan a la caja con su compra y se suman a la cola. Es mediodía y toda la ciudad ha decidido abastecerse de víveres. Se miran pero no se hablan. Él, con un pantalón corto color ladrillo y una camiseta con unos años, ojos azules, pelo rubio, canas, calvicie incipiente, piernas delgadas, barriga de cerveza, vino, gin o todos a la vez. Cara roja que resalta el brillo de sus ojos. Esperando. Ella, con la vestimenta más acorde que ha encontrado pantalones pegados de rayas, la cintura por encima del ombligo, delgada pero marcando barriga por la estrechez del invento. Camisa blanca, sandalias de cuña, uñas pintadas, sombra de ojos azul a brocha a juego con el esposo. Un lunar color carne en su delgada mejilla, que apunta y dispara a todo el que la mira. Un atuendo dedicado a subir la apuesta por encima de los trajes de baño que luego encontrará, con barrigas blancas y pechos caídos.Llevamos suficiente, le dice a él. Más de esto no nos vamos a comer. Él no responde, asiente con su silencio. Cambio de planes, tráete algo más. Se miran con cara de situación. Paco abandona la cola y se interna en los pasillos del supermercado. La cola avanza lenta, las cajeras pasan la compra a toda velocidad, sin cuidado, apilando víveres sobre productos de limpieza, helados sobre sacos de patatas. Ella mira atrás para ver cuando viene. No lo ve. Un paso adelante, va poniendo su compra en la cinta. Aparece con un paquete de seis litronas marca blanca y lo coloca directamente en la cinta. Ella lo mira. Haber traído algo más de carne. Es lo mismo responde, Paco. Está caliente replica ella. Da igual, responde de nuevo.Sin más conversación miran hacia delante de la cola, ya casi les toca. Y el coche todavía en lo alto de la acera. Estará caliente piensa él. Ella gira y enfila el final de la cola. Cargan como pueden con lo comprado y se dirigen a la puerta del establecimiento. La mirada perdida y la mente de ella pensando lo mismo, pasar el rato con la mínima pérdida. Acabar pronto, y volver a casa. Encender el aire acondicionado a toda potencia y colocarse cómoda en el sofá para recibir la ración diaria de cotilleos. Hasta ese momento aguantar. El mira adelante, intentando encontrar su coche aparcado en la acera. Un rato y nada más, luego al bar, a mis conocidos y mis copitas hasta volver a casa por la noche. Es sólo un rato.
lunes, 30 de marzo de 2020
la cola del supermercado
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