Todos los anocheceres de invierno lo devolvían a aquellos días de niñez que paso con su padre guardando rebaños en la sierra. Había días especiales en los que, con las últimas gotas de luz, todos los animales se estremecían y gritaban con todo su ser, esperando un trágico desenlace. Su padre conocía aquellos gemidos infinitos y sabía que la nieve estaba por venir. Con una llamada, las dos generaciones trabajaban a una, forrando la cabaña con todas las balas de paja que encontraban, para minorar el efecto del temporal. Aquellas noches, el padre dejaba entrar al aterido perro dentro de la casa para que lo acompañase en la noche en vela, sabiendo que los depredadores no aparecerían. El largo ocaso pasaba lento vigilando desde la ventana, viendo los copos caer. La mente del pastor inquieta en innumerables cálculos y recordando los últimos episodios parecidos. Después, aquellas blancas mañanas ocupadas en deshacer el destrozo al rebaño. La primera palabra siempre era un número que inconscientemente se comparaba con los últimos acaecidos. Aquel número sería el veredicto de la nieve.
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