miércoles, 22 de junio de 2022

Hasta siempre

Poco tiempo después de mi consulta al personal de recepción, me fue indicada la forma de llegar a mi destino. Segunda puerta a la izquierda repetí para de forma metódica para no perderme. Una nueva cara detrás de la mesa, la otra mitad de la reunión. Un buen apretón de manos transmite más que muchas palabras o títulos en la pared. Sentados a la mesa, delante de la pantalla, intentaba aplicar mis teorías más abstractas al mundo de la producción real, donde no hay líneas en una libreta, sino manchas de productos condenados a la transformación. Mis ideas iban ganando terreno pero no las tenía todas conmigo. El receptor de mis ideas fumaba de forma continuada escuchando mi perorata cuando de repente lanzó el paquete de Royal Crown contra la mesa mientras afirmaba que aquel tabaco le estaba dando un buen dolor de cabeza. Incluso tras su deducción, al rato tomó otro pitillo y lo encendió. Se levantó de la silla, olvidó la pantalla del ordenador, mantel de mi trabajo y me invitó a visitar la fábrica para que viese como funcionaba en realidad todo el sistema que yo intentaba resumir en líneas de código. Un pequeño paseo por un patio nos llevó a una escalera metálicas que terminaba en una pequeña puerta. Dentro, un mundo de máquinas, conectadas entre sí por tubos de distinto color y tramos de escaleras que subían y bajaban de forma ordenada. Él se movía de forma enérgica, señalando cada punto, cada máquina, haciendo gesto con las manos para que entendiese el trabajo a pie de campo. Cambiamos de sala y el baile continuaba. Rodeados de enormes depósitos con terminación cromada seguía con su clase magistral. En mi cabeza intentaba recordar cada uno de los puntos que explicaba mi espontáneo profesor. Media hora de comentarios me bastó para ver que todavía quedaba mucho camino por recorrer a mi interpretación de los hechos. De vuelta en la oficina, con otro cigarrillo en la mano, se olvidaron todos los temas técnicos y la conversación transitó por derroteros más mundanos. De estudios, hace años, de los largos paseos por la avenida Medina Azahara para llegar a la facultad hasta el día de hoy. Un rato después tocaba mi despedida, en la que me acompañó, mientras volvía al verde coche de empresa que usaba, ávido devorador de gasolina super 95. Como el mando del cierre centralizado no funcionaba, abrí el coche por la cerradura. El calor empezaba a salir desde dentro y mi único alivio era escuchar de nuevo aquella cinta de Sabina, sustituto del aire acondicionado, mientras volvía a casa. El cielo se tornaba amarillo, anunciando calor y las fábricas cercanas insultaban al cielo con sus chimeneas que lanzaban vapores y restos de hexanos varios. Otro apretón de manos me despidió aquel día. Aquel apretón, que dibujaba un silencioso hasta siempre.

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