Desde mi ventana la veo pasar. Su tez morena y sus ojos negros viajan rígidos delante de mi mirada solitaria. Mi vaso de agua en la mano. Mi momento de meditación, de calma, distorsionado con su presencia y esa dulce voz que canta la música que llega a sus oídos. Cuando me alejo de la ventana, camino de mi mesa, sé que dejo algo detrás que nunca tendré.
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