Nada. Nada. Nada. Esas eran todas las palabras. Las miradas no hablaban ya. El ambiente, estático y pesado narraba toda la historia. En su cabeza se repetía una y otra vez. Era imposible, aquello no debía haber sucedido. Si ayer le hubiesen preguntado le hubiese jurado que era imposible a quien sea. Esa era la confianza, ese era el respeto mínimo al que se veía destinado. Como un telón hecho jirones, la realidad fue dejando ver nuevos sucesos cada poco tiempo, como en una película va avanzando el guion. Aquello llegó de una forma asimilable, dolorosa pero medida. Los pedazos del telón caían de forma desordenada mostrando las nuevas sorpresas, los nuevos actores de aquella comedia. El espectador, actor secundario en la escena, miraba impasible. Al final de la función aquella vieja vida ya estaba destruida. no quedaba nada, no creía en nada, no decía nada. El silencio se llevó sus pensamientos a otra parte, todavía más dentro de sí. El camino del héroe siempre llega a un renacer, a una sensación de poderío por encima de todo lo conocido. Pero el héroe ya no estaba en escena. Solo quedaban víctimas, dolidas y condenadas a esa nada que el mundo vierte a sus anchas. Condenados a una nada que sería su todo. Condenados a tener que mirar con fuerza para sobrepasar esa primera capa de dolor que quedó marcada en su piel. Víctimas perpetuas de los actos, víctimas perpetuas de los acontecimientos. Una chica morena se acercó familiar, con mirada perdida. No quería mirar fijamente al espectador, que permanecía sentado en su butaca cuando el espectáculo había acabado. A su tímido saludo, éste respondió ¿Quién eres tú?
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