martes, 14 de enero de 2020
el grunge en mí
Tras veinte minutos de retraso aparece el bus de línea. La fila de personas es enorme, pero soy de los primeros. Pillo asiento sí o sí. Subo y paso mi bono. Cuando uno sube el último, el bus empieza a andar y te vas situando a base de vaivenes en un sitio u otro. Hoy es más fácil, me siento en el primer asiento tras la puerta de atrás y miro al resto de la cola avanzar lentamente y aparecer por la puerta del fondo. Mis auriculares y mi walkman no me faltan. La cinta da vueltas mientras cambia la canción. Nadie habla con nadie. Voy tarde en busca de otro bus que me lleve a mi pueblo. Todavía tengo por delante una hora de viaje. Dos canciones más y el bus arranca. Veo la gente pasar andando por la acera, los coches esperando en las rotondas y la próxima parada. Me las conozco de memoria. Suben unos pocos más de viajeros. Ya estamos completos y seguimos nuestra ruta. Atrás queda el barrio donde trabajo desde hace cerca de dos años. Atrás ocho horas y media de trabajo. Atrás me despiden hasta que vuelva mañana. El sonido del bus distorsiona las canciones en mis oídos. Tres canciones más y toca bajarme. Unos minutos hasta entrar en el bus para el pueblo. La mano con el bono. La cabeza con auriculares y en la espalda una mochila con mis útiles para comer. Me ubico en el bus de vuelta por cuarta vez esta semana. Mañana viernes resuena en mi cabeza como un alivio deseable. Dos años repitiendo de lunes a viernes la misma rutina. Tras acabar empresariales, esta fue mi primera opción sería de trabajo. La idea inicial era colaborar con todo el papeleo de la empresa, dedicada a la venta de estructuras de aluminio a nivel nacional. La realidad es distinta. Sacar listados y buscar deudores. Papeles y labores de subordinado de un contable. Mi trabajo consiste en preparar el suyo para que él lo enseñe como propio a la gerencia. Siempre deprisa, siempre ocupado, al salto de cualquier episodio que siempre suceden en el peor momento. La presión aumentada de un jefe oprimiendo. Los "esto es para hoy", "tú verás" y demás halagos guardo en mi agenda mental. Desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde el mismo capítulo de cada día. Un rato para comer la comida de mi casa casi sin dejar el puesto. Y luego seguir con sus numeros, hasta ahora, hasta siempre. Mi contrato se acaba y el destino pinta mal. Si continúo sé lo que tengo. En otro caso también. El bus me deja en la estación y busco camino a casa. Atravieso una calle de viviendas sociales, regaladas a familias en mitad de la nada. Los hombres y niños fuera. Unos, lata de cerveza en mano, otros buscando un cristal sano que juzgar. Su sencillo mundo, hedonismo de bajo coste, sus movimientos de brazos, las voces para explicar algo por encima de esa radio que no descansa. Atravieso terrazas improvisadas con mobiliario prestado de bar. La cinta de 90 minutos empieza su coda. El tiempo medido de cada día. Tras las manchas de la calle, la tapia del cementerio es el nuevo decorado. Los megáfonos avisan de la hora de cierre en una repetición monótona. El volumen de la música no compite con ellos desde hace meses. Vuelvo la esquina y comienza mi barrio, con casas pareadas con tres habitaciones y garaje. Casas felices de familias felices. Padres preocupados e hijos con trabajo para labrarse un futuro. Ya veo mi casa. Hora de parar, para mañana seguir en la espiral sin fin.
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