Impaciente esperaba su turno. Media el tiempo suspirando cada minuto. De pie, miraba fijamente aquella puerta de cristal llena de avisos. Suspiraba de nuevo. Una anciana, sentada cerca suya la miraba en cada suspiro. La mirada en la puerta, la posición estática, el ritmo sube a dos suspiros por minuto. La puerta se abre, sale un hombre, sus miradas se cruzan, llegó su turno.
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