martes, 15 de diciembre de 2020

El presente (it is murder)

 Leonardo lo tenía claro. A los cincuenta y algo salió al escenario acompañado de coristas a cantarle al fin del mundo. Que tardaría en llegar, pero que llegaría. Él lo sabía y lo anunciaba a su forma, con forzados movimientos de cadera sometidos a los ritmos del Casiotone. Podríamos repetir la carta con toda la receta, pero lo mejor es sumergirse en esa realidad enlatada que hay tras las rejas de la ventana, más allá del aire acondicionado de segunda marca. Allí debajo de la farola, se lucha por pulgares levantados a la mejor fotografía. El premio a esos momentos que no existen que todo el mundo replica. Es nuestra vida, bicho raro, enemigo de la realidad. Los modelos imposibles, shorts con bolsillos asomando, empeñados en esconder esos muslos empecinados en mostrar el mayor número de rayas posible al flexionar. Unos chicos salen de la puerta de un edificio. Son siete, compartiendo camiseta, pelo con raya en el lateral y, posiblemente, todo lo que haya debajo. El silencio asegura el éxito, callar y repetir, reir sin preguntar. Vida sin dudas marcada a hierro en la historia de la evolución. El raro pierde y el muñeco continúa su actuación. Jóvenes aún para coche, pero sobradamente preparados. Estas son las hojas del árbol, lleno de ramas obsesionadas con pantallas azules y noticias en tiempo real. Leonardo lo sabia, todo se perdía. Quizá lo sabía en el sesenta y siete pero no quiso decirlo. Veinticinco años para estar seguro, otros veintitantos para grabarlo en roca.

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