La vida era tan asquerosa que seguía. Seguía su paso tras el dolor. Seguía como un gusano de barro por una calle estrecha. Rozaba las paredes dejando su rastro. Lentamente avanzaba, sin hacer caso a súplicas ni dolores ajenos. Arrastraba todo lo que había a su paso sin importar su valor. Destrozaba el paisaje que cuidadosamente a lo largo del tiempo fue adornado de recuerdos. Aquellos colores rosa y blanco perdieron su inocuidad y ahora dolían. Emanaban dolor desde lejos, un dolor que se olía, un dolor que brotaba y deformaba la visión de las cosas. Las palabras quedaron mudas, los oídos ciegos. El mundo se miraba hacía dentro. Aquel final duraría mucho tiempo.
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