Aquel sería su mejor trabajo. Después de treinta años paseando escenarios sembrados de eternas caras jóvenes. El público rotaba a su alrededor escapando a su atmósfera. Su capacidad de atracción era limitada. Odiaba la palabra reinventarse. Una punzada en el pecho, la obligación de intentar hacerlo mejor y repetir un trabajo conocido. Repetir ante nuevos espectadores. Su fórmula, agotada desde los primeros años, la falta de confianza en su labor y pavor ante el eterno juicio. Miró sus manos, blancas, manchadas por el maquillaje. Se limpió en sus botas y continuó su camino hacia el mañana eterno.
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