La costumbre es dueña de del placer. Aquella gruesa tez morena tenía su encanto y su punto de paz en sus actos silenciosos. Cuando se marchó parecía destinado a no poder saborear el silencio musical de sus pasos y volver a la rutina de mesas separada solo por silencio. Luego llegó el reemplazo, tímido y alejado, con toda la impersonalidad de nuestra era. Una personalidad disfrazada de nadie, para seguir o para empezar. Ni más, ni menos, parecido a todo. Poco a poco, aquel silencio intermedio entre mesas y sillas se fue llenando de una nueva energía. El aplomo de sus pasos, lejos de antiguos encantos avituallados por lo neumático, daba una impresión fantasmal e impersonal. Yo seguía sus pasos, como siempre, absorbiendo la energía detrás de cada trabajo humano que resuma aliento y calor corporal, fruto del esfuerzo. Con el tiempo llegué a esperar ese movimiento de aire detrás de una cara extraña. Las vidas que se mezclan por obligaciones sin alcanzar nunca una meta más allá del presente día. El cambio, que llegó y note disfrutar inconscientemente. Pétalos volando en una nueva versión bailados por las eternas conversaciones sobre lo importante.
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