viernes, 9 de septiembre de 2022

oferta

 Aquel día ella no entró por la puerta del trabajo. Llegó, como todos los días y se dirigió a la zona final destinada a aparcamiento de clientes. Desde siempre, aparcaba en la parte final. La que los jefes le indicaban, la más alejada a la puerta, de forma que la más cercana fuese ocupada por los clientes. Con el coche parado, debajo de un cartel de oferta con letras enormes, con multitud de fotos y precios terminados en nueve. Miraba al frente con el coche parado y las manos aún en el volante. Delante suya no había nada especial, solo un poco de lo de siempre. La multitud se agrupaba en la puerta y ella, encargada de abrir el establecimiento seguía en su pose estática, ajena a la mañana de aquel miércoles que podría ser cualquier otro día. Una compañera llegó y abrió la puerta de entrada al local. Compradores batallaban por ocupar el primer lugar dentro del establecimiento mientras la compañera miraba su coche atentamente. Avanzó rápidamente mientras la cola de caja se iba llenando de señores y señoras cargados de barras de pan, cartones de leche y galletas de variados sabores. La mirada fija en su coche era la guía de sus pasos. Al llegar frente al vehículo toco el cristal con los nudillos, citando la caja registradora como sujeto de su conversación. Con las manos en el volante, ella giró su cabeza para ver a la compañera con cara de preocupación. Segundos después recuperaba su posición inicial, frente a aquel vacío que existía más allá del parabrisas. Giró la llave y lentamente maniobró hasta que alcanzó la entrada del aparcamiento. La compañera, quedó quieta, testigo de su hazaña.

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