La chica andaba por la calle, desorientada con la mente en otro lugar. El piloto automático salvaba el momento y el fin material de sus actos no tendría pegas. En aquel momento yo quería ayudarla pero cuando me acerqué y pude ver su cara comprendí que era yo quien tenía el problema. La tierra se abría a izquierda y derecha y los edificios de la acera de enfrente se alejaban asustados de mi presencia. Busqué en mis bolsillos y solo encontré las llaves. Un manojo de metal, permiso de entrada mecánica, impersonal invitación a continuar con la rutina. A mi izquierda, guerreros a caballo volaban sobre el vacío, ignorando la densidad del aire que pisaban sus corceles. A mi derecha, tanques inusualmente verdes se aproximaban subiendo y bajando como si navegasen entre dunas de aire. La guerra había comenzado y la chica siguió su camino por la única parte del mundo en la que había suelo. Seguirla me había parecido un error anteriormente, por ser una mezcla que no deseaba. Pero el mundo no me dejaba otro sitio en el que pudiese sentir mis pies en el suelo. Tímidamente, reemprendí mis pasos tras ella, que seguía tirando de su hija con la mano. La niña remolcada me sonreía y me invitaba a seguirlo. Aquel día había empezado como uno de los mejores en mi vida y ahora sentía que no había nada que me perteneciera, como pieza más en el devenir caprichoso del destino. Mantuve mi paso a la distancia exacta cuando ya iba presintiendo que sería un largo camino.
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