Mientras caminaba por el andén, ella cruzó su trayectoria y entró al vagón. Sorprendido, detuvo sus pasos y fijó su mirada en el suelo, concentrado en las descoloridas puntas de sus zapatos marrones. Pasos acelerados llenaban el silencio a su alrededor en ritual huida diaria. Esperó inmóvil la marcha del metro. El cuerpo recto y las manos en los bolsillos. Levantó la cabeza y la despidió con una mirada. Nunca la había visto antes, pero no estaba preparado para otro flechazo.
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