Corría despavorida por aquel largo pasillo gris en el que las luces parpadeantes no dejaban ver el final. Extraños charcos negros se negaban a devolver su reflejo. Agónicas voces en su espalda dictaban sentencia. Ella huia lejos de ellas y sin saberlo aprendía que, dónde nada se oye, nada ni nadie vive.
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