El camarero llegó a la mesa.
- ¿Cuántos van a ser? - preguntó.
- Yo sola - respondió ella.
El camarero consiguió el falso rictus de quien aguanta un estornudo o un calambrazo. Reaccionó a los segundos y pidió la bebida para marcharse de forma apresurada.
Momentos más tarde estaba delante de su cerveza, con un canasto de pan con picos, un plato de aceitunas y una mirada fija en ningún sitio conocido. Cualquier día es perfecto para estar sola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario