Paseaban por la calle una mañana de otoño. Nada invitaba a nada. Ni el aire, ni las nubes intermitentes que se unían para provocar un frio inesperado. Entraron en el restaurante siguiendo la inercia que invitaba a resguardarse del cambiante clima. Comieron de forma abundante, hablando alegremente. Acabaron con una copa. La invitación resultó inesperada, pero era signo de celebración de tan alegre compañía. El invitado, saciado hasta la plenitud, callaba en el paseo. Su respuesta a una consulta sobre la comida, calló entonces al anfitrión.
- Yo no tenía hambre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario