martes, 27 de octubre de 2020

una vuelta

 Me voy acercando al banco donde descansa el señor mayor. Se despereza al sol, con la gorra bien ajustada, intentando capturar todo el calor que le sea posible. En las manos, una vieja radio suena a todo volumen. Da vueltas al dial buscando alguna emisora. Tiene que ser la única persona con tanta suerte que, en cada movimiento, encuentra una emisora con música, en lugar de darse de cara con informativos, misas, fútbol u otros ruidos parecidos. Cuando estoy casi al lado aparece una mujer andando cerca. Es pequeña, rellenita y con gafas de pasta. El pelo recogido en una cola que da saltos en cada paso que ella da. Sigo calle abajo detrás suya, dejando que se aleje. Es imposible saber su edad y decir 25 o 45 puede ser origen de muchos problemas. Al pasar delante de una puerta salen dos trabajadores, caja de herramientas en mano. Uno, delgado y alto, se queda rezagado hablando con alguien en la vivienda. El otro, bastante mas ancho, se acerca a la furgoneta y mete prisa al compañero. Tiene hambre. Desde siempre ese recuerdo de como los flacos aguantan sin comer y los gordos no dan licencia a la espera del hambre. Salen al fin en la furgoneta y yo cruzo la calle. Una moto para en el paso de peatones esperando mi paso. Delante, un niñato apretando el gas mientras espera que acabe de cruzar. Detrás, quince años de belleza, pelo largo y rubio y carnes prietas agarrada al alfeñique que conduce. La imagino de pequeña y como las caras de niña tornan en enviadas del caos años más tarde. Subo la calle de vuelta y a la altura del semáforo para un coche. Una mujer teléfono en una mano y cigarro en la otra espera su turno de paso en forma de disco color verde. Sigo subiendo y la veo venir teléfono en mano conduciendo calle arriba. Espero que pase. Ya no queda nadie. El viejo sigue, avaricioso, acaparando todo el sol de invierno que puede y trasteando el dial sin éxito. Cruzo mientras saco la pistola del bolsillo ya preparada. Mi cabeza eclipsa la suya y levanta la vista desde esa sombra particular que yo he preparado. Malos humos al mirar cambian a un terror infinito cuando me reconoce y detecta el arma en mi mano. Suelto dos disparos rápidos, sin ruido. El viejo se tumba voluntario sobre el banco que ocupaba. Ahora aprovecha los rayos de sol al máximo. Sigo andando y escucho a mi espalda que la radio cae y comienza a sonar. Por fin pudo sintonizar las noticias.

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